Mi hijo me dijo que no me esperaba en Navidad… Cancelé la transferencia para su hipoteca. ¿Egoísmo o justicia?
—Mamá, este año no hace falta que vengas por Navidad. Vamos a estar solo nosotros—. El mensaje de voz de mi hijo, Daniel, sonaba frío, casi burocrático. Lo escuché una y otra vez, sentada en la cocina, con las manos temblorosas alrededor de una taza de café ya frío. La casa, tan silenciosa desde que enviudé hace tres años, parecía aún más vacía.
No era la primera vez que Daniel me decepcionaba, pero nunca así. Siempre había sido mi niño, el que lloraba cuando se caía en el parque de El Retiro, el que me pedía ayuda con los deberes mientras yo preparaba la cena. Cuando se casó con Lucía, pensé que tendría una nueva hija, pero la distancia entre nosotros creció como una grieta invisible. Aun así, nunca dejé de ayudarles: cuidando a los niños, pagando parte de la hipoteca cuando las cosas se pusieron feas tras el ERTE de Daniel, renunciando a viajes y caprichos para que ellos pudieran salir adelante.
—¿No vas a venir este año?— preguntó mi amiga Carmen por teléfono esa tarde, notando mi voz apagada.
—No me esperan. Dicen que quieren estar solos— respondí, intentando sonar fuerte.
—¿Y el dinero para la hipoteca?—
Me quedé callada. Había transferido cada mes 400 euros para ayudarles. Era mi manera de sentirme útil, de estar presente aunque fuera a través del banco.
Esa noche no dormí. Recordé todas las veces que Daniel me había dicho «no te preocupes, mamá, ya te lo devolveré» y nunca lo hizo. Recordé cómo Lucía apenas me dirigía la palabra en las comidas familiares, cómo los nietos parecían más interesados en sus móviles que en mis historias de juventud. ¿En qué momento pasé de ser imprescindible a ser un estorbo?
Al día siguiente fui al banco. La empleada, una chica joven llamada Marta, me miró sorprendida cuando le pedí cancelar la transferencia automática.
—¿Está segura?—
—Más segura que nunca— respondí, aunque por dentro sentía un nudo en el estómago.
Pasaron los días y Daniel no llamó. Ni un mensaje. Ni una pregunta sobre el dinero. Solo silencio. En el grupo familiar de WhatsApp, Lucía mandó una foto del árbol de Navidad y los niños abriendo regalos. Ninguna mención a mí.
El 24 de diciembre cené sola por primera vez en mi vida. Encendí una vela y brindé conmigo misma por los años en los que fui feliz, por los sacrificios que hice sin esperar nada a cambio. Lloré un poco, pero también sentí una extraña paz. Por primera vez pensé en lo que yo quería: viajar a Galicia como siempre soñé, apuntarme a clases de pintura, comprarme ese abrigo caro que siempre dejaba para después.
El 27 de diciembre Daniel llamó.
—Mamá, ¿ha pasado algo con la transferencia? El banco dice que no ha llegado el dinero—
Su voz sonaba nerviosa, pero no preocupada por mí.
—Sí, la he cancelado. Este año he decidido pensar en mí— respondí con calma.
Hubo un silencio incómodo al otro lado.
—Pero mamá… sabes que lo necesitamos. ¿Por qué ahora?—
—Porque tú tampoco pensaste en mí cuando decidiste dejarme sola en Navidad.—
Daniel suspiró.
—No es lo mismo… Lucía quería estar solo con los niños… Tú sabes cómo es esto.—
—No, Daniel. No sé cómo es esto. Lo único que sé es que llevo años ayudándoos y ahora ni siquiera soy bienvenida en vuestra casa.—
Colgó sin despedirse. Me sentí culpable durante días. Carmen me animó a no ceder.
—Has hecho bien, Ana. Ya está bien de dar siempre sin recibir nada.—
Pero la culpa es pegajosa y se mete bajo la piel.
En enero recibí una carta de Daniel. Decía que entendía mi dolor pero que estaba pasando un mal momento y necesitaba mi apoyo más que nunca. Me pedía perdón «si te hemos hecho sentir mal», pero también insistía en lo mucho que les ayudaba el dinero.
Me senté a escribirle una respuesta. Le conté cómo me sentía invisible, cómo dolía más la indiferencia que cualquier problema económico. Le dije que le quería, pero que necesitaba sentirme respetada y querida, no solo útil para pagar facturas.
No sé si hice bien o mal. No sé si soy egoísta o si por fin he hecho justicia conmigo misma después de tantos años viviendo para los demás.
¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde llega el deber de una madre? ¿Es egoísmo pensar en una misma después de toda una vida entregada?