Nunca imaginé que mi exmarido me juzgaría así por la manutención de nuestra hija

—¿De verdad crees que puedes seguir pidiéndome más dinero, Lucía? —La voz de Álvaro retumbó en mi pequeño piso de Vallecas, tan fría y cortante como el viento de enero que se colaba por la ventana mal cerrada.

Me quedé paralizada, con la cuchara de madera suspendida sobre la olla de lentejas. Mi hija, Irene, jugaba en el salón con sus muñecas, ajena a la tormenta que se avecinaba. Sentí cómo el calor del guiso no lograba calentarme el pecho, helado por las palabras de quien fue mi marido durante doce años.

—No te estoy pidiendo más, solo lo justo —respondí, intentando que mi voz no temblara. Pero tembló. Tembló porque estaba cansada, porque llevaba semanas haciendo malabares para llegar a fin de mes, porque cada vez que abría la nevera sentía el peso de la responsabilidad aplastándome los hombros.

Álvaro bufó, se pasó la mano por el pelo y me miró con esos ojos oscuros que antes me hacían sentir segura y ahora solo me daban miedo.

—¿Justo? ¿Tú sabes lo que es justo? Yo también tengo una vida, Lucía. Tengo gastos. No puedo estar manteniéndote a ti y a tu hija eternamente.

—Nuestra hija —le corregí en un susurro.

Él no escuchó. O no quiso escuchar. Se paseó por la cocina como si aún fuera suya, como si no hubiera sido él quien decidió marcharse hace dos años para irse con Marta, esa compañera del trabajo que ahora presume de coche nuevo y vacaciones en la Costa Brava.

—Siempre igual —continuó—. Que si Irene necesita zapatos, que si hay que pagar el comedor… ¿Y yo? ¿Quién piensa en mí?

Sentí una rabia sorda subir desde el estómago. ¿Quién piensa en ti? ¿Quién piensa en mí cuando Irene se despierta a las tres de la mañana con fiebre y no tengo a quién llamar? ¿Quién piensa en mí cuando tengo que pedirle a mi madre que recoja a la niña porque yo salgo tarde del supermercado donde trabajo?

Pero no dije nada. Solo apreté los labios y seguí removiendo las lentejas, como si ese gesto pudiera mantenerme entera.

—No te estoy pidiendo nada para mí —logré decir al fin—. Solo quiero que Irene tenga lo que necesita. Nada más.

Álvaro se detuvo frente a mí. Por un momento creí ver compasión en su mirada, pero fue solo un espejismo.

—Pues búscate otro trabajo —espetó—. O pídele ayuda a tus padres. Yo ya hago bastante.

En ese instante, sentí cómo algo se rompía dentro de mí. No era solo el matrimonio lo que había terminado; era la última hebra de respeto que nos unía. Me di cuenta de que estaba sola. Sola ante él, sola ante el mundo, sola ante los comentarios de las vecinas que cuchicheaban sobre «la pobre Lucía, que no puede con todo».

Irene apareció en la puerta, con su pijama rosa y los ojos grandes y curiosos.

—Mamá, ¿ya está la cena?

Me agaché para abrazarla y sentí cómo las lágrimas amenazaban con salir. No podía llorar delante de ella. No podía dejar que viera lo rota que estaba.

—Sí, cariño. Ya casi está —le susurré al oído.

Álvaro miró la escena con una mezcla de fastidio y resignación. Cogió su abrigo y se dirigió a la puerta sin despedirse de Irene. Antes de salir, se giró y me lanzó una última puñalada:

—Piensa en lo que te he dicho. No cuentes siempre conmigo.

La puerta se cerró con un golpe seco. El silencio llenó la casa como una niebla espesa. Me senté en el suelo de la cocina y dejé que las lágrimas cayeran al fin. Irene vino corriendo y se acurrucó a mi lado, sin entender nada pero dándome el único consuelo posible: su abrazo pequeño y cálido.

Esa noche, mientras la arropaba en su cama y le cantaba bajito para que durmiera, pensé en todas las mujeres como yo: madres solteras luchando cada día contra prejuicios, contra exmaridos egoístas, contra un sistema que parece hecho para ponernos zancadillas.

Pensé en mi madre, que siempre me decía: «Lucía, hija, tú puedes con todo». Pero yo ya no estaba tan segura.

Al día siguiente fui al colegio a hablar con la tutora de Irene porque no podía pagar la excursión de fin de curso. Me sentí pequeña y avergonzada cuando le expliqué mi situación. La tutora me miró con comprensión y me dijo:

—No te preocupes, Lucía. Hablaremos con el AMPA para buscar una solución.

Salí del colegio con un nudo en la garganta pero también con una chispa de esperanza. Quizá no estaba tan sola como pensaba.

Esa tarde recibí un mensaje de mi amiga Carmen: «¿Te vienes a tomar un café?» Dudé un momento —no tenía ni para un café— pero fui igualmente. Carmen me escuchó sin juzgarme y me recordó que pedir ayuda no es una derrota.

A veces pienso en todo lo que he perdido desde aquel divorcio: estabilidad, confianza, incluso parte de mi dignidad. Pero cuando veo a Irene dormir tranquila, sé que todo este esfuerzo merece la pena.

¿De verdad es tan difícil entender que criar a una hija es responsabilidad de dos? ¿Por qué tantas veces nos sentimos culpables por pedir lo justo?

Quizá algún día Álvaro lo entienda… o quizá nunca lo haga.