¿Por qué no necesitamos padres así? Mi historia sobre el piso, la familia y el orgullo

—¿De verdad crees que deberíamos pedirles ayuda otra vez? —le susurré a Marcos, mientras la cafetera burbujeaba en nuestra diminuta cocina de alquiler en Vallecas. El olor a café no lograba tapar el nudo en mi estómago. Era sábado por la mañana y llevábamos toda la noche discutiendo sobre lo mismo: el piso, el dinero, sus padres.

Marcos se pasó la mano por el pelo, frustrado. —No lo sé, María. Mi madre ya fue bastante clara la última vez…

Recordé aquella comida en casa de Carmen y Antonio. La mesa estaba llena de platos de porcelana y copas de vino caro. Yo me armé de valor y, con voz temblorosa, les expliqué nuestro sueño: comprar un piso propio, dejar de tirar el dinero en alquileres imposibles, empezar una vida de verdad. Carmen me miró por encima de sus gafas, con esa sonrisa fría que nunca supe descifrar.

—María, cariño, nosotros ya hemos trabajado bastante para tener lo nuestro. Ahora os toca a vosotros —dijo, mientras partía el solomillo como si nada.

Antonio ni siquiera levantó la vista del móvil. —Los jóvenes hoy en día lo queréis todo hecho —murmuró.

Me sentí tan pequeña, tan fuera de lugar…

Volvimos a casa en silencio. Marcos apretaba los puños y yo luchaba por no llorar en el metro. ¿Por qué era tan difícil? ¿Por qué, teniendo ellos tanto, no podían ayudarnos aunque fuera con una parte del dinero para la entrada? No pedíamos un regalo, solo un préstamo. Pero para ellos era cuestión de principios: “Que cada uno se gane lo suyo”.

En los días siguientes, la tensión entre Marcos y yo creció. Él se sentía avergonzado; yo, dolida y enfadada. Mis padres, humildes pero generosos, nos ofrecieron lo poco que tenían: “No es mucho, hija, pero es lo que podemos daros”. Me partía el alma ver a mi madre contar billetes arrugados de su monedero mientras los padres de Marcos viajaban a Marbella cada verano.

Una tarde, después del trabajo, me encontré con mi amiga Lucía en una terraza del centro. Le conté todo entre lágrimas.

—María, no te lo tomes así —me dijo—. Hay familias que son así. Pero tú y Marcos os tenéis el uno al otro. Eso es lo importante.

Pero yo no podía dejar de pensar en la injusticia. En España, donde los pisos cuestan un ojo de la cara y los sueldos apenas dan para vivir, ¿cómo se supone que vamos a salir adelante si ni siquiera la familia te apoya?

Las semanas pasaron y la relación con Carmen y Antonio se volvió aún más tensa. Nos invitaban a comer los domingos y yo sentía que cada conversación era una prueba. Carmen preguntaba por nuestro “proyecto” con una ceja arqueada; Antonio soltaba comentarios sarcásticos sobre los “millennials” y su falta de esfuerzo.

Una tarde de otoño, Marcos explotó.

—¡Estoy harto! —gritó en medio del salón—. ¡Siempre igual! ¿Por qué no pueden ayudarnos? ¿Por qué tienen que hacernos sentir como unos fracasados?

Yo solo pude abrazarlo. Sabía que le dolía más de lo que admitía.

Al final decidimos intentarlo solos. Buscamos pisos más pequeños, más lejos del centro. Renunciamos a vacaciones, salidas y hasta al coche. Cada euro contaba. Hubo noches en las que discutimos por tonterías: una factura inesperada, una compra innecesaria… El estrés nos estaba rompiendo.

Un día recibí una llamada inesperada de Carmen.

—María, ¿puedes venir a casa esta tarde? Quiero hablar contigo —dijo con voz seca.

Fui temblando. Al llegar, me recibió en el salón impecable. Me ofreció un café y se sentó frente a mí.

—Mira, María —empezó—. Sé que piensas que somos duros. Pero cuando Antonio y yo empezamos no teníamos nada. Trabajamos como burros para levantar esta familia. No queremos que dependáis de nosotros toda la vida.

La miré a los ojos.

—Carmen, no queremos vivir de vosotros. Solo pedimos un poco de ayuda para empezar…

Ella suspiró.

—Lo entiendo. Pero tienes que entendernos también a nosotros.

Salí de allí más confundida que nunca.

Poco después encontramos un piso diminuto en Carabanchel. Era viejo y necesitaba reformas, pero era nuestro. Firmamos la hipoteca con ayuda de mis padres y mucho sacrificio propio.

El día que entramos por primera vez, lloré de emoción y rabia contenida. Marcos me abrazó fuerte.

—Lo hemos conseguido solos —susurró—. Sin ellos.

Pero la herida seguía ahí.

Ahora, cada vez que veo a Carmen y Antonio en sus fotos de cruceros o cenas lujosas en Instagram, siento una mezcla de orgullo y tristeza. Orgullo porque hemos salido adelante sin su ayuda; tristeza porque sé que algo se ha roto entre nosotros para siempre.

A veces me pregunto: ¿qué es más importante en una familia? ¿El dinero o el apoyo emocional? ¿Es justo exigir ayuda a quienes pueden darla? ¿O debemos aceptar que cada uno tiene su manera de entender el amor?

¿Vosotros qué pensáis? ¿Qué haríais en mi lugar?