“Sí, fui yo quien pidió el divorcio. Quiero vivir mi propia vida”: La confesión de Carmen a su hija mayor

—¿Pero cómo que te vas a separar, mamá? —La voz de Laura retumbó en la cocina, entre el olor a café recién hecho y la lluvia golpeando los cristales. Yo, con las manos temblorosas, apreté la taza y sentí el calor en las palmas, como si pudiera protegerme del frío que me recorría por dentro.

—Sí, Laura. He iniciado el divorcio. Ya no puedo más —le respondí, mirando mis propias manos, esas mismas que durante cuarenta años han cocinado, limpiado, planchado y cuidado de todos menos de mí misma.

Laura se quedó callada, con los ojos muy abiertos. Parecía no reconocerme. Yo tampoco me reconocía del todo. ¿Quién era esa mujer que se atrevía a romper con todo justo cuando la vida parecía estar ya escrita?

Antonio y yo nos casamos jóvenes, como casi todos en nuestro barrio de Chamberí en los años setenta. Él era un hombre serio, trabajador en una oficina bancaria; yo, ama de casa por elección y por costumbre. Al principio no me importaba que él llegara y se sentara a ver el telediario mientras yo preparaba la cena. Era lo normal. Así lo había visto en casa de mis padres y así lo hacían todas mis amigas: Pilar, Mercedes, Rosario…

Pero los años pasaron y la rutina se volvió asfixiante. Antonio nunca aprendió a poner una lavadora ni a freír un huevo. Cuando nacieron Laura y después Marta, mi vida se llenó de pañales, deberes escolares y meriendas para llevar al parque. Él seguía igual: sentado en su sillón favorito, leyendo el Marca o viendo el fútbol los domingos.

A veces le pedía ayuda:

—Antonio, ¿puedes bajar la basura?

—Ahora voy, Carmen —decía sin apartar la vista del televisor.

Pero ese «ahora» podía durar horas o días. Al final lo hacía yo.

Con los años, empecé a sentirme invisible. Mis hijas crecieron y se marcharon a estudiar fuera. Me quedé sola con Antonio y su silencio. No hablábamos más que lo justo: «¿Qué hay para cenar?», «¿Has pagado la luz?». Yo seguía cocinando sus platos favoritos: cocido madrileño los miércoles, tortilla de patatas los viernes. Él comía y se levantaba sin recoger su plato.

Hace dos años empecé a notar que me cansaba más. Me dolían las piernas al subir las escaleras del piso antiguo donde vivimos desde siempre. Un día me miré al espejo y vi una mujer mayor, con el pelo canoso y los ojos tristes. Pensé: «¿Así voy a pasar el resto de mi vida? ¿Esperando que alguien me dé las gracias por limpiar sus calcetines?»

Intenté hablarlo con Antonio:

—Estoy cansada, Antonio. Me gustaría que me ayudaras más en casa.

Él me miró como si le hablara en chino.

—Pero si tú siempre has hecho todo… ¿Para qué cambiar ahora?

Esa noche lloré en silencio. Sentí rabia y vergüenza por haber permitido que mi vida se redujera a servir a los demás.

Un día, en la frutería del barrio, escuché a dos mujeres hablar sobre un taller de pintura para mayores en el centro cultural. Me apunté sin decir nada en casa. Allí conocí a Teresa y a Julia, dos mujeres separadas que me contaron cómo habían rehecho su vida después de los sesenta. Me sentí menos sola.

Empecé a salir más: al cine con mis nuevas amigas, a pasear por El Retiro… Antonio ni siquiera preguntaba dónde iba. Era como si no existiera fuera de la cocina y el salón.

La decisión llegó una tarde cualquiera. Estaba fregando los platos cuando sentí un dolor agudo en la espalda. Dejé caer el estropajo y me senté en una silla, jadeando. Pensé: «Si me pasa algo aquí, nadie se dará cuenta hasta la hora de cenar».

Esa noche le dije a Antonio:

—Quiero separarme.

Él ni siquiera se inmutó al principio.

—¿Qué tontería es esa ahora?

—No es ninguna tontería. Quiero vivir mi vida antes de que sea demasiado tarde.

No hubo gritos ni lágrimas. Solo un silencio largo y pesado como una losa.

Ahora estoy aquí, sentada frente a Laura, intentando explicarle lo inexplicable.

—Mamá, ¿y qué vas a hacer sola? —me pregunta con miedo.

—Vivir —le respondo—. Aprender quién soy cuando no estoy cuidando de nadie más que de mí misma.

Sé que vendrán días duros: la soledad del primer café sin compañía, el miedo a no saber manejar las cuentas del banco o arreglar una persiana rota. Pero también sé que hay vida después del matrimonio, incluso después de los sesenta.

Mi hermana pequeña no lo entiende; dice que soy egoísta por romper la familia justo cuando podríamos disfrutar de los nietos juntos. Mi vecina del tercero me mira con lástima cuando paso por el rellano. Pero yo siento una mezcla extraña de vértigo y libertad.

A veces me despierto por la noche y dudo: ¿he hecho bien? ¿No será demasiado tarde para empezar de nuevo? Pero entonces recuerdo aquella tarde en la frutería, las risas en el taller de pintura, el sol sobre mi cara en El Retiro…

Quizá no sea valiente; quizá solo esté cansada de esperar a que alguien me salve. Pero si no lo hago ahora, ¿cuándo?

¿Y vosotros? ¿Creéis que es posible empezar de cero a cualquier edad? ¿O hay momentos en la vida en los que ya es demasiado tarde para cambiar?