¿Debo dejar que mi exsuegra vea a mi hija? Una historia de lealtad, dolor y límites familiares

—¿Por qué has venido hoy? —le pregunté a Carmen, mi exsuegra, mientras sostenía la puerta con una mano temblorosa y la otra apretaba el regalo envuelto que traía para Lucía. Era el segundo cumpleaños de mi hija y, aunque la casa estaba llena de globos y risas infantiles, mi corazón latía con fuerza por la tensión que se había instalado en el ambiente nada más verla aparecer.

Carmen me miró con esos ojos grises tan parecidos a los de su hijo, mi exmarido, y suspiró. —Es su cumpleaños, Marta. No podía quedarme en casa sabiendo que mi nieta sopla las velas sin mí. No tengo la culpa de lo que ha hecho Álvaro.

La mención de su nombre me dolió como una bofetada. Álvaro llevaba más de un año sin llamarnos, sin preguntar por Lucía, como si hubiéramos desaparecido del mapa. Y ahora, su madre se plantaba en mi puerta, con la esperanza de formar parte de una vida que su propio hijo había abandonado.

—No es tan sencillo —le respondí, bajando la voz para que Lucía no escuchara. —No quiero que se confunda. No quiero que sufras tú tampoco.

Carmen apretó el regalo contra su pecho. —Marta, Lucía es mi única nieta. No me quites eso también.

La dejé pasar, más por no montar un escándalo delante de los invitados que por convicción. La fiesta siguió, pero yo no podía dejar de observar cómo Carmen se acercaba a Lucía, cómo la niña la abrazaba sin reservas, ajena a todo el dolor y la rabia que flotaba en el aire. Mi madre, Pilar, me miraba desde la cocina con el ceño fruncido.

—¿De verdad vas a dejar que esa mujer se acerque a la niña? —me susurró cuando fui a por más platos.

—No sé qué hacer, mamá. Lucía la quiere. Pero Álvaro…

—Álvaro no existe ya para vosotras. No te olvides de lo que te hizo.

No podía olvidarlo. El abandono, las mentiras, las noches en vela esperando una llamada que nunca llegaba. Pero también recordaba los domingos en casa de Carmen, los paseos por el Retiro, las risas de Lucía cuando su abuela le enseñaba canciones antiguas. ¿Era justo privar a mi hija de ese cariño solo porque su padre nos había dado la espalda?

La fiesta terminó y Carmen se quedó la última. Me ayudó a recoger los restos de tarta y los papeles de regalo. El silencio entre nosotras era espeso, lleno de cosas no dichas.

—Marta, sé que no tengo derecho a pedirte nada. Pero Lucía es parte de mí también. No quiero perderla —dijo al fin, con la voz rota.

Me senté a su lado, agotada. —No sé qué es lo correcto, Carmen. No quiero hacerle daño a Lucía, pero tampoco quiero que crezca esperando algo de Álvaro que nunca llegará.

Carmen me tomó la mano. —Yo tampoco espero nada de él. Solo quiero ser su abuela. Nada más.

Esa noche, después de acostar a Lucía, me senté en el sofá y lloré en silencio. Recordé la última vez que vi a Álvaro, cómo me prometió que nunca dejaría de ser un buen padre. Mentiras. Pero Carmen no era Álvaro. Ella también había perdido a su hijo, de alguna manera. ¿Tenía derecho a castigarla por los pecados de él?

Los días siguientes fueron un torbellino de dudas. Mi madre insistía en que debía cortar todo contacto. —No puedes fiarte de esa familia. Hoy es la abuela, mañana vendrá él a reclamar derechos —decía con amargura.

Pero Lucía preguntaba por su abuela cada mañana. —¿Cuándo viene la yaya Carmen? ¿Me va a cantar otra vez la canción del cocodrilo?

Un sábado por la tarde, Carmen me llamó. —¿Puedo pasar a ver a Lucía? Solo un rato. He hecho croquetas como las que le gustan.

Miré a mi hija, que jugaba en el suelo con sus muñecas. Dudé. Pensé en lo fácil que sería decir que no, cerrar la puerta y protegernos del pasado. Pero también pensé en la soledad de Carmen, en la alegría de Lucía cuando la veía.

—Ven —le dije al fin. —Pero solo tú.

Carmen llegó con una caja de croquetas y una sonrisa tímida. Lucía corrió a abrazarla y yo sentí un nudo en la garganta. Las vi juntas en el sofá, cantando y riendo, y por un momento todo el dolor desapareció.

Pero la realidad volvió pronto. Un día recibí una carta certificada: Álvaro reclamaba un régimen de visitas. No quería ver a Lucía, pero sí asegurarse de que su madre pudiera hacerlo. Era como si quisiera controlar nuestras vidas desde la distancia.

Llamé a Carmen, furiosa. —¿Le has contado algo a Álvaro? ¿Por qué ahora quiere meterse?

—Te juro que no he hablado con él. No sé nada de esto —me respondió, llorando.

La tensión creció en casa. Mi madre me presionaba para cortar todo contacto, mis amigas opinaban sin conocer toda la historia, y yo me sentía cada vez más sola, atrapada entre el deseo de proteger a mi hija y el miedo a hacerle daño privándola de su abuela.

Una tarde, después de dejar a Lucía en la guardería, me encontré con Carmen en una cafetería. Estaba demacrada, con ojeras profundas.

—Marta, no quiero problemas para ti ni para Lucía. Si quieres que desaparezca, lo haré. Pero prométeme que algún día le dirás que la quise mucho.

Me rompí por dentro. Vi en ella el reflejo de mi propio dolor, la soledad de quien ha perdido demasiado.

—No quiero que desaparezcas, Carmen. Solo quiero que todo esto no le haga daño a Lucía. No sé cómo hacerlo bien, pero sé que ella te necesita.

Desde entonces, establecimos reglas claras: visitas solo conmigo presente, nada de hablar de Álvaro, solo amor y canciones para Lucía. No fue fácil. Hubo días de dudas, noches sin dormir, discusiones con mi madre y reproches silenciosos. Pero poco a poco, Lucía fue creciendo rodeada del cariño de su abuela, y yo aprendí a perdonar, aunque no a olvidar.

Hoy, mirando a mi hija jugar con Carmen en el parque, me pregunto si hice lo correcto. ¿Dónde están los límites entre proteger y privar? ¿Hasta qué punto el dolor del pasado debe marcar el futuro de nuestros hijos?

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede separar el amor de una abuela del abandono de un padre? Me gustaría leer vuestras opiniones.