Mi marido trajo a su amante a casa mientras nuestra hija estaba en el hospital: el día que mi madre me falló

—¿Cómo puedes hacerme esto, Diego? —grité, con la voz rota, mientras sostenía el peluche de Lucía entre las manos temblorosas. El eco de mis palabras rebotó en las paredes del salón, donde aún flotaba el perfume ajeno de una mujer que no era yo.

No era la primera vez que discutíamos, pero sí la primera vez que sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Todo empezó esa tarde de septiembre, cuando volví del hospital para ducharme y recoger ropa limpia para Lucía. Nuestra hija llevaba tres días ingresada en La Paz con fiebre alta y los médicos no encontraban la causa. Yo apenas dormía, vivía entre el pitido de las máquinas y el olor a desinfectante. Diego decía que tenía mucho trabajo y no podía quedarse por las noches, pero prometió venir en cuanto pudiera.

Al abrir la puerta de casa, lo primero que noté fue el silencio. Luego, unas risas ahogadas desde el dormitorio. Mi corazón se aceleró. Caminé despacio, como si temiera confirmar lo que ya sospechaba. La puerta estaba entreabierta. Vi a Diego sentado en la cama, con una mujer rubia a su lado, riendo como si nada importara en el mundo. Mi mundo se rompió en ese instante.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, con la voz apenas audible.

Diego se levantó de un salto, tartamudeando excusas absurdas. La mujer recogió su bolso y salió sin mirarme a los ojos. Yo solo podía pensar en Lucía, sola en la habitación del hospital, esperando a su padre.

Esa noche volví al hospital sin decirle nada a Diego. Me senté junto a la cama de Lucía y le acaricié el pelo. Ella dormía profundamente, ajena al caos que se desataba fuera de esas paredes. Lloré en silencio hasta quedarme sin lágrimas.

Al día siguiente, llamé a mi madre. Necesitaba su apoyo, su abrazo, una palabra de consuelo. Pero cuando le conté lo que había pasado, su respuesta me dejó helada.

—Hija, los hombres son así. No vayas a hacer una montaña de un grano de arena. Piensa en Lucía, no puedes dejar que crezca sin padre.

Sentí rabia y soledad. ¿Cómo podía minimizar algo tan doloroso? ¿Por qué tenía que aguantar la traición por miedo al qué dirán o por mantener una familia rota?

Durante semanas fingí normalidad ante Lucía y ante el mundo. Diego intentó disculparse, prometió que había sido un error, que no volvería a pasar. Pero cada vez que lo miraba, veía la sombra de esa mujer en nuestra cama. Mi madre insistía en que debía perdonarle, que todas las parejas pasan por crisis.

Una tarde, mientras paseábamos por el Retiro con Lucía ya recuperada, Diego intentó cogerme la mano.

—No puedo —le dije apartándome—. No después de lo que hiciste.

Él bajó la mirada y murmuró:

—¿De verdad vas a tirar todo por la borda por una tontería?

No era una tontería. Era mi dignidad, mi confianza, mi familia rota.

Las discusiones se hicieron más frecuentes y más amargas. Mi madre empezó a venir a casa para convencerme de que recapacitara.

—Piensa en tu hija —repetía—. No seas egoísta.

Pero yo ya no podía más. Una noche empaqué algunas cosas y me fui con Lucía al piso de mi amiga Carmen en Vallecas. Carmen me abrazó fuerte y me dijo:

—No estás sola, Laura. Haz lo que tengas que hacer para ser feliz.

Por primera vez en meses sentí alivio. Empecé terapia y poco a poco recuperé fuerzas. Diego intentó convencerme de volver, pero yo ya había tomado una decisión.

El proceso de separación fue duro. Mi madre dejó de hablarme durante semanas. Me sentí huérfana en vida. Pero cada vez que veía a Lucía sonreír o dormir tranquila, sabía que había hecho lo correcto.

Hoy miro atrás y me pregunto cómo pude aguantar tanto tiempo callada, tragando dolor por miedo al qué dirán o por no decepcionar a mi madre. Ahora sé que merezco respeto y amor verdadero.

A veces me pregunto: ¿Por qué las mujeres seguimos soportando lo insoportable por miedo al rechazo o al juicio familiar? ¿Cuántas Lauras hay en España hoy mismo, callando su dolor para no romper una imagen? ¿Tú también has sentido alguna vez que tu propia familia te da la espalda cuando más la necesitas?