Entre el amor y la sangre: La decisión que me rompió el alma

—Papá, ¿de verdad vas a hacerlo? —La voz de Lucía temblaba, y sus ojos, tan parecidos a los de su madre, brillaban con una mezcla de rabia y tristeza.

Me quedé helado en el pasillo del piso de Salamanca, con las llaves aún en la mano. Detrás de Lucía, mi hijo Álvaro apretaba los puños, como si estuviera conteniendo un grito. Había vuelto a casa para contarles la noticia: después de dos años de relación, iba a casarme con Carmen. Pero en ese momento, supe que nada sería tan sencillo.

—No es tan fácil, hija —susurré, intentando acercarme—. Carmen me hace feliz. Merecemos una oportunidad.

Lucía retrocedió un paso. —¿Y nosotros? ¿No merecemos que pienses en nosotros? Mamá todavía llora por las noches, ¿lo sabías?

Las palabras me atravesaron como cuchillas. Recordé a Marta, mi exmujer, sentada en la cocina con la mirada perdida tras la separación. Habíamos intentado mantener la cordialidad por los niños, pero el dolor seguía ahí, como una herida mal cerrada.

Álvaro intervino por fin, con esa voz grave que había heredado de mí. —No queremos conocerla. No queremos que vengas a casa con ella. Si te casas con esa mujer, olvídate de nosotros.

Me temblaron las piernas. ¿Cómo podía elegir entre el amor y mis propios hijos? Carmen era luz después de años de rutina y discusiones. Con ella volví a reír, a sentirme joven. Pero Lucía y Álvaro eran mi vida entera desde que nacieron en aquel hospital de Valladolid.

Esa noche no dormí. Carmen me esperaba en nuestro pequeño piso del centro, ilusionada con los preparativos de la boda. Cuando llegué, me abrazó sin preguntar nada. Pero yo no podía ocultar el dolor.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella, acariciando mi mejilla.

—No quieren que me case contigo —confesé al fin—. Me han dado un ultimátum.

Carmen se apartó un poco. Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas. —Sabía que sería difícil, pero no pensé que tanto…

Nos sentamos en silencio. Afuera, la ciudad seguía su ritmo: los coches, las voces lejanas de los estudiantes saliendo de tapas… Pero dentro de mí solo había un vacío inmenso.

Los días siguientes fueron un infierno. Marta me llamó para decirme que los niños estaban destrozados. Que Lucía no quería ir al instituto y Álvaro había dejado el equipo de fútbol. Me sentí culpable por haber encontrado la felicidad cuando ellos solo sentían pérdida.

Intenté hablar con ellos una y otra vez. Les propuse quedar para comer en La Plaza Mayor, como hacíamos antes. Pero siempre encontraba excusas: exámenes, entrenamientos, cansancio…

Una tarde lluviosa de noviembre, decidí ir a buscar a Lucía a la salida del conservatorio. La vi salir con su violín colgado del hombro y la mirada baja.

—Lucía, por favor… —le rogué—. No quiero perderte.

Ella se detuvo bajo la marquesina y me miró fijamente.

—¿Por qué no puedes elegirnos a nosotros? ¿Por qué ella es más importante?

Me quedé sin palabras. ¿Cómo explicar que el amor no se mide ni se reparte como una herencia? Que necesitaba a Carmen para sentirme vivo, pero también necesitaba a mis hijos para no perderme a mí mismo.

Esa noche discutí con Carmen por primera vez desde que estábamos juntos.

—No puedo vivir así —me dijo ella—. No quiero ser la causa de tu dolor ni del de tus hijos.

—No eres tú —le respondí—. Es esta situación… No sé qué hacer.

Pasaron semanas así: silencios incómodos en casa, mensajes fríos de mis hijos, llamadas tensas con Marta. En Navidad, Lucía y Álvaro se negaron a venir a cenar conmigo y Carmen. Me sentí solo como nunca antes.

Una tarde de enero recibí un mensaje inesperado de Lucía: “¿Podemos hablar?”

Nos vimos en una cafetería cerca del río Tormes. Ella llegó seria, adulta de repente.

—He pensado mucho —me dijo—. No puedo obligarte a ser infeliz… Pero tampoco puedo fingir que todo está bien.

Le tomé la mano sobre la mesa.

—Solo quiero que entiendas que os amo a los dos —susurré—. A ti y a tu hermano sois mi vida. Pero Carmen también lo es ahora.

Lucía asintió lentamente.

—Quizá algún día pueda conocerla… Pero necesito tiempo.

Sentí una mezcla de alivio y tristeza. Sabía que nada volvería a ser igual, pero al menos había una rendija de esperanza.

Hoy escribo esto mientras escucho a Carmen tararear en la cocina y espero el mensaje diario de mis hijos. La herida sigue abierta, pero intento sanar cada día un poco más.

A veces me pregunto: ¿Es justo tener que elegir entre el amor y la familia? ¿Cuántos padres y madres viven este mismo dilema en silencio? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?