Mi hermano Sergio ya no me habla: Celos, familia y la distancia que duele
—¿Por qué a ti sí y a mí no? —La voz de Sergio retumbó en el pasillo, tan afilada como el portazo que le siguió. Yo me quedé quieta, con las llaves del coche nuevo temblando en mi mano. Era un Seat Ibiza rojo, brillante bajo el sol de junio en Madrid, y hasta ese momento había sido el regalo más esperado de mi vida. Pero en ese instante, sentí que pesaba como una losa.
Sergio y yo siempre habíamos sido uña y carne. Compartíamos habitación desde pequeños, nos defendíamos en el colegio y hasta inventábamos códigos secretos para hablar sin que nuestros padres nos entendieran. Pero todo cambió el día que cumplí dieciocho años y papá y mamá me sorprendieron con el coche. Sergio, dos años menor, se quedó mirándome con una mezcla de sorpresa y rabia. Yo intenté abrazarle, pero él se apartó.
—No es justo —me repitió durante días—. Siempre te dan todo a ti primero.
Intenté explicarle que era por la edad, que cuando él cumpliera los dieciocho también tendría su oportunidad. Pero no quiso escucharme. Empezó a encerrarse en su cuarto, a salir con amigos que yo no conocía, a contestar con monosílabos o directamente ignorarme. En casa, el ambiente se volvió denso, como si todos camináramos sobre cristales rotos.
Mis padres intentaron mediar. Mamá se sentaba a su lado en la mesa e intentaba hablarle:
—Sergio, cariño, no es cuestión de favoritismos…
Pero él solo bajaba la cabeza y apretaba los puños. Papá, más seco, le decía:
—Cuando tengas su edad, hablaremos.
Yo me sentía culpable cada vez que cogía las llaves del coche. Empecé a evitar usarlo delante de él. Incluso llegué a inventar excusas para no salir con mis amigas los fines de semana. Pero nada servía. La distancia entre nosotros crecía como una grieta imposible de cerrar.
Un día, después de cenar, le encontré llorando en el balcón. Me acerqué despacio.
—Sergio, por favor… —susurré—. No quiero perderte por esto.
Él me miró con los ojos rojos e hinchados.
—Tú ya tienes todo —me dijo—. Hasta mis padres te prefieren.
Me quedé sin palabras. ¿Cómo podía demostrarle que no era así? ¿Cómo podía hacerle ver que yo también sufría por su silencio?
Las semanas pasaron y la situación empeoró. Mis padres discutían cada vez más por tonterías. Mamá lloraba en la cocina mientras papá salía a fumar al portal. Yo sentía que todo era culpa mía, que si no hubiera aceptado el coche nada de esto habría pasado.
Una tarde de septiembre, Sergio no volvió a casa tras las clases. Mamá llamó a todos sus amigos, pero nadie sabía nada. Yo recorrí el barrio buscándole, preguntando en los parques donde solíamos jugar de pequeños. Al final le encontré sentado solo en un banco del Retiro, mirando al lago.
—¿Por qué te escondes? —le pregunté sentándome a su lado.
No respondió al principio. Luego murmuró:
—No quiero volver a casa. No quiero ver cómo todos estáis orgullosos de ti y yo soy invisible.
Le abracé fuerte, sintiendo cómo temblaba bajo mi abrazo.
—Sergio, eres mi hermano pequeño… Eres lo más importante para mí. ¿De verdad crees que un coche puede cambiar eso?
Él se apartó bruscamente.
—No lo entiendes —me gritó—. Nunca lo entenderás porque tú siempre eres la favorita.
Volvimos a casa en silencio. Esa noche apenas dormí. Escuchaba sus pasos al otro lado del pasillo y deseaba volver atrás en el tiempo, a cuando compartíamos secretos bajo las sábanas y soñábamos juntos con escapar del pueblo para vivir aventuras en Madrid.
Los meses siguientes fueron una sucesión de silencios incómodos y miradas esquivas. Sergio empezó a suspender asignaturas y mis padres discutían cada vez más sobre cómo ayudarle. Yo me sentía impotente, atrapada entre mi deseo de disfrutar mi mayoría de edad y la culpa por haber roto algo irremplazable.
Un día, mientras recogía su ropa del suelo del baño, encontré una carta arrugada en la que escribía cosas que nunca se atrevió a decirme:
«Ojalá pudiera ser como tú. Ojalá pudiera sentirme suficiente alguna vez».
Lloré durante horas abrazada a esa carta. Quise correr a buscarle y decirle que para mí él siempre había sido suficiente, que sin él yo tampoco era nada.
Hoy han pasado dos años desde aquel verano fatídico. Sergio sigue sin hablarme más allá de lo imprescindible. Vive casi encerrado en su mundo, y aunque compartimos techo, somos dos extraños unidos solo por la sangre y los recuerdos de una infancia feliz.
A veces me pregunto si algún día podremos recuperar lo perdido o si la herida es ya demasiado profunda para sanar. ¿Cuántas familias se rompen por cosas tan pequeñas? ¿Cuánto pesa la culpa cuando sabes que has perdido a quien más querías por algo tan banal?
¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que una decisión lo cambia todo para siempre?