El banco de los recuerdos: regreso a Segovia tras cuarenta años
—¿Por qué has vuelto, Lucía? —La voz de Tomás me sorprendió, áspera y temblorosa, como si el tiempo no hubiera pasado. Estaba sentado en el mismo banco de madera, junto a la entrada de la vieja escuela de Segovia, donde hace cuarenta años me juré no volver jamás.
No supe qué responderle. El aire olía a lluvia y a tiza, igual que entonces. Había vuelto porque necesitaba cerrar un círculo, aunque no lo reconociera ni ante mí misma. Me senté a su lado, dejando un espacio prudente entre los dos. El banco crujió bajo mi peso, como si también él recordara.
—Solo estoy de paso —mentí, mirando las ventanas polvorientas del aula donde aprendí a soñar y a sufrir. Donde Tomás y yo nos prometimos el mundo y luego nos lo quitamos de un portazo.
Él suspiró, encendió un cigarrillo y lo apagó enseguida. —¿Sabes? Nunca pensé que volverías. Después de lo que pasó…
Me mordí el labio. El pasado me golpeó como una ola fría: la carta que nunca llegó, los rumores en el pueblo, mi madre llorando en la cocina mientras mi padre gritaba que yo era una desagradecida por querer marcharme a Madrid con un chico “sin futuro”.
—No tenía otra opción —dije al fin, con la voz rota—. No podía quedarme aquí.
Tomás me miró con esos ojos oscuros que tanto amé. —¿Y crees que yo sí podía? ¿Que para mí fue fácil quedarme viendo cómo te ibas?
El silencio se hizo pesado. Recordé las tardes robadas en el parque, los besos furtivos detrás del gimnasio, las promesas susurradas entre exámenes y fiestas de San Juan. Pero también recordé la traición: la tarde en que lo vi besando a Carmen bajo el puente del Eresma. La rabia, la humillación, el dolor.
—Tú elegiste —le espeté—. Elegiste quedarte con ella.
Tomás bajó la mirada. —No fue tan sencillo. Mi padre enfermó, Lucía. No podía dejarlo solo con la tienda… Y Carmen… ella estaba ahí cuando más lo necesitaba.
Sentí una punzada de celos antiguos, mezclados con compasión. ¿Cuántas veces había imaginado este reencuentro? ¿Cuántas veces había soñado con reprocharle todo lo que me dolía?
—¿Y tú crees que para mí fue fácil empezar de cero en Madrid? —le pregunté—. Nadie me esperaba allí. Trabajé limpiando casas, estudiando por las noches… Mi madre murió sin perdonarme nunca.
Tomás asintió en silencio. El reloj de la iglesia dio las seis. Un grupo de niños pasó corriendo junto a nosotros, ajenos al drama que se cocía en aquel banco.
—¿Te casaste? —preguntó él de pronto.
Negué despacio. —No. Hubo alguien… pero nunca fue lo mismo. ¿Y tú?
—Carmen y yo estuvimos juntos unos años. Tuvimos una hija, Marta. Pero ella se fue cuando Marta era pequeña. Ahora vive en Valencia.
Me sorprendió sentir lástima por él. Siempre pensé que Tomás había tenido la vida fácil: el negocio familiar, una familia estable… Pero nadie sale ileso del paso del tiempo.
—¿Por qué has vuelto realmente? —insistió Tomás.
Miré el patio vacío, las huellas de los juegos infantiles borradas por décadas de olvido. —Quería ver si aún quedaba algo de aquella Lucía que fui aquí… antes de que todo se rompiera.
Tomás sonrió tristemente. —Yo tampoco soy el mismo. Pero hay cosas que nunca cambian.
Nos quedamos callados un rato largo. El sol se filtraba entre las nubes y pintaba de oro los tejados viejos del barrio. Sentí ganas de llorar por todo lo perdido: la juventud, los sueños, las palabras no dichas.
—¿Te acuerdas del baile de fin de curso? —preguntó él, casi en un susurro.
Asentí. Cómo olvidarlo: el vestido prestado de mi prima, los nervios, la canción lenta que bailamos juntos… y luego la pelea absurda por celos, los gritos en la callejuela detrás del colegio.
—Nunca te pedí perdón por aquello —dijo Tomás—. Fui un cobarde.
Me temblaron las manos. —Yo tampoco fui justa contigo. Solo veía mi propio dolor.
El reloj marcó las siete. La ciudad empezaba a encender sus luces y yo sentí que algo dentro de mí se aflojaba por fin.
—¿Quieres dar un paseo? —me propuso Tomás—. Podemos ir hasta el puente… como antes.
Dudé un instante, pero acepté. Caminamos despacio por las calles empedradas, hablando poco pero sintiendo mucho. Cada rincón tenía un recuerdo: la panadería donde comprábamos bollos, la plaza donde jugábamos al escondite, el quiosco donde leíamos tebeos a escondidas.
Al llegar al puente del Eresma, Tomás se detuvo y me miró con una mezcla de nostalgia y esperanza.
—¿Crees que podríamos empezar de nuevo? Aunque solo sea como amigos…
No supe qué decirle. El pasado no se borra, pero quizá se puede aprender a vivir con él.
Miré el río y sentí que algo dentro de mí sanaba poco a poco.
¿De verdad podemos perdonar después de tanto tiempo? ¿O hay heridas que nunca cierran del todo?