Un CEO español, una niña gitana y un secreto en la Gran Vía
—¡Cállese ya, por favor! —La voz aguda y decidida me sacudió como un jarro de agua fría. No era mi chófer, ni mi asistente, ni mucho menos uno de mis empleados. Era una niña, de unos ocho años, con el pelo negro recogido en una coleta desordenada y los ojos grandes, llenos de rabia y miedo. Estaba sentada en el bordillo, justo al lado de mi flamante Mercedes, aparcado en doble fila frente a la Gran Vía madrileña.
Me quedé helado. ¿Quién era esa cría para hablarme así? Yo, Javier, CEO de una de las mayores empresas tecnológicas de España, acostumbrado a que todos bajaran la voz cuando yo entraba en una sala. Miré a mi alrededor: la gente pasaba deprisa, algunos miraban con curiosidad, otros con ese gesto tan madrileño de «a mí que me registren».
—¿Perdona? —le espeté, intentando mantener la compostura mientras ajustaba mi corbata azul marino.
—Que se calle, por favor —repitió ella, esta vez con la voz temblorosa—. Mi madre está ahí dentro… —señaló el portal del número 42—. Está muy malita y no puede descansar con tanto ruido.
Me fijé entonces en el coche: el motor seguía encendido y la radio sonaba a todo volumen con las noticias del día. El tráfico, los cláxones, mi chófer hablando por el manos libres… Todo era un caos sonoro. Y yo, tan metido en mis prisas y mis problemas de adulto importante, ni me había dado cuenta.
—Lo siento… —murmuré, bajando la mirada. Hice un gesto al chófer para que apagara todo.
La niña suspiró aliviada y se quedó sentada, abrazando sus rodillas. Me quedé observándola desde la ventanilla bajada. Llevaba un vestido sencillo y unas sandalias gastadas. En su rostro había ojeras profundas y una madurez impropia para su edad.
—¿Tu madre está enferma? —pregunté, sin saber muy bien por qué me interesaba.
Ella asintió. —Tiene el corazón mal. Y los médicos dicen que necesita reposo… pero aquí nadie nos hace caso. Siempre hay ruido, siempre hay prisas…
Me sentí ridículo. Yo, que vivía en un ático insonorizado en el barrio de Salamanca, rodeado de lujos y comodidades, incapaz de comprender lo que era vivir día tras día con miedo a perder a alguien querido por culpa del estrés y el bullicio de la ciudad.
—¿No tienes familia que os ayude? —insistí.
—Mi abuela está en Sevilla y mi padre… bueno, él no está —dijo bajito. Se encogió de hombros—. Pero no pasa nada. Yo cuido de mamá.
Me removí incómodo en el asiento. Recordé a mi propia hija, Lucía, que esa misma mañana me había suplicado que la llevara al parque y yo le había dicho que no tenía tiempo. ¿En qué momento nos volvimos tan egoístas?
El chófer me miró por el retrovisor, esperando órdenes. Pero yo ya no tenía prisa por llegar a la siguiente reunión. Bajé del coche y me acerqué a la niña.
—¿Quieres que suba a ver cómo está tu madre? Soy amigo de un buen cardiólogo del hospital Gregorio Marañón…
Ella dudó, pero al final asintió. Subimos juntos por la escalera oscura del portal. El piso olía a sopa caliente y a medicinas baratas. En una cama improvisada junto a la ventana estaba su madre, una mujer joven pero demacrada, con los ojos cerrados y el rostro sudoroso.
—Buenas tardes —dije suavemente—. Soy Javier… sólo quería pedirle disculpas por el ruido.
La mujer abrió los ojos y sonrió débilmente.—No se preocupe… Aquí siempre hay jaleo —susurró—. Pero gracias por preocuparse por mi niña.
Sentí un nudo en la garganta. Saqué mi móvil y llamé al cardiólogo. Mientras hablaba con él, la niña me miraba como si no entendiera nada. Cuando colgué, le prometí que al día siguiente un médico vendría a ver a su madre sin coste alguno.
Salí del piso con el corazón encogido. En la calle, el bullicio seguía igual que siempre, pero yo ya no era el mismo. Subí al coche en silencio y miré a mi chófer.
—¿Sabes qué? Hoy no voy a ir a la oficina. Llévame a casa… Quiero ver a mi hija.
Mientras avanzábamos por la Gran Vía iluminada por el atardecer, pensé en lo fácil que es olvidar lo esencial cuando uno se cree importante. ¿De qué sirve todo el éxito si no somos capaces de escuchar el dolor ajeno? ¿Cuántas veces más necesitaré que alguien me grite «¡Cállate!» para recordar lo que realmente importa?